El arte y el pensamiento de los cistercienses

Vista de la sala capitular de la Abadía de Valmagne, Villeveyrac, Francia. © Jochen Jahnke

Vista de la sala capitular de la Abadía de Valmagne, Villeveyrac, Francia. © Jochen Jahnke

El arte cisterciense se estudia como variante del románico, como un movimiento constructivo que responde a otro capítulo de la historia del arte. Tanto, que es considerado por muchos como un estilo protogótico, siendo la borgoña francesa, a comienzos del siglo XII, su lugar de nacimiento. Pero no sólo es un movimiento arquitectónico, lo es también espiritual. Eso sí, responde a una manera particular de entender el cristianismo, y es que, lo cisterciense toma el nombre de la reforma monástica de la Orden del Císter.

Sala de los Monjes, scriptorium de la abadía de Fontenay, Francia © Jean-Christophe Benoist

Sala de los Monjes, scriptorium de la abadía de Fontenay, Francia © Jean-Christophe Benoist

La reforma cisterciense

Una revolución monástica significó el Císter, una dura crítica hacia el estilo de vida que llevaban los monjes de Cluny. Y es que la nueva orden monástica reprochaba un alejamiento espiritual, condenaba una expansión económica además de las donaciones que aceptaban. El Císter despreciaba el alejamiento de lo que ellos consideraban el deber cristiano. Ellos, monjes revolucionarios, seguían la regla de san Benito, aunque no eran benedictinos, aunque renegasen de Cluny. No, no querían saber nada de estos últimos, quienes entendían el lujo material, la suntuosidad de las artes, como un símbolo del acercamiento a Dios a través de lo que ellos entendían como Belleza.

En la Sala Capitular, San Bernardo y sus monjes. obra de Jean Fouquet , Museo Condé, Chantilly.

En la Sala Capitular, San Bernardo y sus monjes. obra de Jean Fouquet , Museo Condé, Chantilly.

Esto último era difícil de entender para unos monjes que anhelaban regresar al ideal evangélico. Difícil sentir, asimilar, para quienes suspiraban por una vida eremítica, para quienes interpretaban la existencia como un acto de soledad, como una pobreza material. Tanto fue así que los del Císter cambiaron sus hábitos (tanto internos como externos). Del negro menos brillante pasaron al según ellos blanco más puro, o algo muy parecido tuvo que pensar san Roberto de Molesmes, quien escribió un genuino manifiesto revolucionario, quien exigía una vuelta a los valores cristianos de san Benito, es decir, un retorno a las dos reglas monásticas más importantes: la oración y el trabajo. Lo mismo, hay quien dice que con más intensidad, hizo con sus escritos san Bernardo de Claraval.

Visión de san Bernardo, María se aparece a san Bernardo. Filippino Lippi, Badia Fiorentina, Florencia

Visión de san Bernardo, María se aparece a san Bernardo. Filippino Lippi, Badia Fiorentina, Florencia

Estos monjes no fueron los únicos revolucionarios de la época pero tuvieron una gran difusión y alrededor de 700 abadías cistercienses se repartieron por toda Europa, muchas de ellas en los espacios más recónditos. Aunque, eso sí, hubo tiempos en los que su extrema austeridad casi acaba con su forma de vivir, literalmente además, pero parece ser que fue la necesidad vital la que hizo mediar en esto del equilibrio, y sin sucumbir a los extremismos, aceptaron no sólo la incorporación de conversos sino también la de los donativos. Así surgieron más abadías: La Ferté y Pontigny en un principio, y Clairvaux y Morimond después (las cuatro son consideradas abadías primogénitas).

Sala capitular de la abadía de Santa María de la Espina, Valladolid, España © Nicolás Pérez

Sala capitular de la abadía de Santa María de la Espina, Valladolid, España © Nicolás Pérez

La arquitectura cisterciense

Este ascetismo espiritual tuvo su traducción mundana en lo constructivo, y como ya se ha apuntado, renegaban de la suntuosidad de Cluny¿Qué construyeron? Nada de grandes dimensiones, nada de lujos ni de ornatos en sus interiores. Todo eso lo rechazaban. No menos despreciaban todo capitel y mural decorado, pues según ellos lo que había que ver y saber estaba en la sagrada escritura, y con leer y rezar bastaba. No hay duda, fue revolucionario, o al menos reaccionario, que un monje llamase estúpido y vanidoso a otro. Cluny, por su parte, mantenía que todo respondía a la belleza divina, que todo había que saber verlo (aunque siempre se le reprochaba que no hacían mucho por enseñarlo, sólo por mostrarlo), pero el Císter clamaba por los templos vestidos de oro y por los hijos de los pueblos desnudos. Así fue que comenzaron a construirse abadías, todas con una cerca, que simboliza el alejamiento de lo mundano, próximas a los valles, no alejados de ríos, para poder trabajar la tierra, para así hacer funcionar molinos, fraguas…

Fragua de la abadía de Fontenay, Francia © Jean-Christophe BENOIST

Fragua de la abadía de Fontenay, Francia © Jean-Christophe BENOIST

Estas abadías contaban con iglesia, claustro, sala capitular, comedor/refectorio y diversas estancias y talleres, siendo los propios monjes los encargados de su construcción.Cuando se daba el caso encargaban la obra a otros profesionales, aunque siempre supervisado por los monjes. Se debía seguir la uniformidad, que respondía a una estructura simple, sin decoración sobrante.

Púlpito del refectorio de la abadía de Santa María de Huerta, Soria, España © PMRMaeyaert

Púlpito del refectorio de la abadía de Santa María de Huerta, Soria, España © PMRMaeyaert

La iglesia cisterciense, siempre orientada este-oeste con cabecera al este, con su claustro adosado y frecuentada sólo por los monjes, cuenta con tres naves, cubierta la central por bóveda de cañón apuntada y de crucería, aunque más bajas, las transversales. Sus ábsides son planos, rodeados generalmente por capillas absidiales cuadradas, como así lo marca la abadía de Clairvaux, que reniega de una cabecera semicircular.

Abadía de Fossanova, Italia © www.lepalmevillage.it

Abadía de Fossanova, Italia © Myrabella

La iluminación de sus interiores son gracias tanto a las ventanas de sus naves laterales como a las de sus ábsides. Sobre los soportes, sobre la separación de las naves, decir que los primeros son pilares rectangulares o poligonales con capiteles sin decoración, o como mucho escasos relieves que muestran hojas planas, esquemáticas. La separación de las naves se hace con arcos apuntados, y si alzamos la vista vemos que se nos presentan bóvedas de crucería ojival, aquellas que se estudian como el preludio del estilo nuevo: el gótico.

Interior de la abadía de Flaran, Francia © Rabbitslim

Interior de la abadía de Flaran, Francia © Rabbitslim

Pero habría que decir que parece que preludian, sí, pues los del Císter no adaptan el sistema para aumentar los muros y cubrirlos con vidrieras. Ellos eran austeros. No querían tampoco nada de campanarios, nada de cúpulas sobre cruceros. Así no creaban iglesias monumentales, o al menos no tanto como las que difundía Cluny por Europa. La iglesia del Císter no era tan alta, ancha y longitudinal. Se entiende que no son ni románicas ni góticas.

Interior de la iglesia cisterciense de Fontenay © Myrabella

Interior de la iglesia cisterciense de Fontenay © Myrabella

Casi lo mismo puede decirse de los claustros cistercienses, es decir, mismo sistema de cubiertas y misma austeridad en su decoración. Su distribución es la misma que en los claustros prerrománicos, aunque su sencillez y austeridad se vuelve a apreciar una vez más. Lo único a destacar, aunque no es poca cosa, son sus fuentes. Siguen respondiendo a una factura simple, pero siempre alegran la vista dentro de un humilde pórtico cubierto, a modo de templete clásico, con planta hexagonal o cuadrada. Se situaban en el centro del claustro, y a veces eran pozos, simbolizando ambas construcciones el agua.

Fuente del Claustro de la abadía de Poblet © PMRMaeyaert

Fuente del Claustro de la abadía de Poblet © PMRMaeyaert

Arquitectura cisterciense en España

Comienza en Navarra, en Fitero, alrededor de 1140. Pero en España, como siempre, todo es diferente ya que todavía persiste el dominio musulmán, de ahí que sean construcciones que no sólo sirven para cristianizar sino que a su vez sirven como lugar de refugio, incluso se emplean como fortalezas, como es el caso del Monasterio del Poblet, en Cataluña. De todas formas son obras que siguen las pautas: nada de decoración, nada de efectismos, nada de suntuosidad.

Monasterio de Santa María de Huerta, Refectorio © Ecelan

Monasterio de Santa María de Huerta, Refectorio © Ecelan

Uno de los casos más peculiares, por no decir el que más, es el del Convento de Calatrava la Nueva, en Ciudad Real. Se trata de un templo del Císter, sí, pero con toques mudéjares (por el ladrillo empleado). Además, su aspecto exterior es militar, pues su fachada se refuerza por cuatro contrafuertes cilíndricos, que son más torres defensivas que otra cosa. Ya en su interior veremos tres naves y tres ábsides semicirculares, el central cubierto por una bóveda con siete nervios que se apoyan en columnas. Los ábsides albergan ventanas ejecutadas en ladrillo, como también lo está su arco de herradura, más apuntado y doblado. La separación de las naves se hace con más arcos apuntados, apoyados todos en gruesas columnas que se adosan a un pilar central. Por último, sus naves están cubiertas por bóveda ojivales con plementos (partes que cubren una bóveda) de ladrillo.

Exterior de Calatrava la Nueva © Mián Prici

Exterior de Calatrava la Nueva © Mián Prici

Interior de Calatrava la Nueva © Spacelives

Interior de Calatrava la Nueva © Spacelives

Legado y conclusión de la arquitectura cisterciense

Decir que inspira al gótico sería crear más confusión, o mejor dicho la misma de siempre, pues queda claro que esta arquitectura no quiere saber nada de grandes templos, nada de iluminaciones excesivas. No quiere saber nada de decoración que distraiga al monje que pasea y medita por el claustro o al fiel que viene a escuchar la palabra sagrada. Incluso se puede decir que este arte religioso es más románico que el propio románico y por lo tanto poco de gótico, por mucho que sus iglesias sean monumentales, pues siguen siendo igual de oscuras, igual de recogidas que los primeros templos del año 1000. Es más, su austeridad y simplicidad, su falta de ornamentación, se relaciona con el románico final, ese que es funcional y que rechaza todo lo demás pues lo considera superfluo. Por ejemplo, el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago no encaja dentro del ideal cisterciense…

El Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, 1849, Jenaro Pérez Villaamil, Palacio de la Moncloa, Madrid

El Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, visto por Jenaro Pérez Villaamil, Palacio de la Moncloa, Madrid

Para comprender mejor la terminología y el contexto histórico se recomienda consultar los siguientes enlaces

Características arquitectónicas del Románico

La simbología en el arte románico

Bibliografía Consultada

(2011)  ALEGRE CARVAJAL, E., La arquitectura cisterciense. UNED, Madrid

(2012) BERNHARD y ULRIKE LAULE., La arquitectura románica en Francia. Toman R., (Coordinador) El Románico. H.F. Ullmann, Postdam

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