Los Castillos Omeyas del Desierto

Desierto Wadi Rum, Jordania, © LetstraveltoJordan

Desierto Wadi Rum, Jordania, © LetstraveltoJordan

La mayoría se encuentran en Amman, capital del actual Reino Hachemita de Jordania, anteriormente conocido como Transjordania, es decir, más allá del Jordán. Y, aunque se les conozca como castillos, no se encuentran definidas sus funciones, pues unos mantienen que pudieron ser centros de explotación agrícola y otros que se trata de lugares para el descanso y el estudio de la naturaleza. Los primeros ejemplos datan del siglo VIII y se ubican en las actuales Siria, Jordania y Palestina, siendo los príncipes omeyas quienes le dieron vida.

Qusayr Amra, Jordania, © Bjorgen

Qusayr Amra, Jordania, © Bjorgen

No es agradable pensar que muchos fueron destruidos por guerras, incendios y saqueos, pero como se ha escrito un poco más arriba tenemos por suerte varios ejemplos. Se dice que en conjunto responden a estructuras diversas, pero todas estas estructuras se inspiran en fortalezas romano-bizantinas, es decir, recinto amurallado, planta cuadrada y refuerzo por torres en sus lados y ángulos. Todos albergan un patio central, y en torno a éste se distribuyen dependencias convertidas en mezquita, hamman (baños árabes), salas de ceremonias y distintas viviendas.

Qasr Kharana, Jordania, © Case

Qasr Kharana, Jordania, © Case

¿Pero por qué se construyeron estos castillos en el desierto?

¿Por huir del bullicio urbano? ¿Por rememorar tiempos pasados? ¿Por el contacto con lo natural?

Nos cuenta el orientalista Philip Khuri Hitti en su Historia de los Árabes que la favorita del califa Abd el-Malik, llamada Maysun (cristiana, siria y beduina), rechazaba la vida de la corte. Ella, poetisa, mantenía con anhelo, con profunda pena parecer ser, que aquellos que vivían en la ciudad terminarían sufriendo a lo largo de su vida. Así acompañaba a su hijo a los desiertos, para revivir la existencia de sus antepasados, y así el niño, futuro califa, disfrutaba y aprendía cazando, cabalgando y, lo más importante, se dice, aprendía la perfecta pronunciación del árabe, pues desde hacía algún tiempo se convivía con el arameo, y esta lengua contaminaba, pervertía, a la otra. Parece ser que desde entonces, todos aquellos que siguieron a Abd al-Malik se asentaron en los Badiyah, es decir, en los desiertos.

Dunas, Desierto Rojo, Wadi Rum, Jordania, © ArteCarracedo

Dunas, Desierto Rojo, Wadi Rum, Jordania, © ArteCarracedo

Pero volvemos de nuevo a preguntarnos por las funciones de estos monumentos en mitad del desierto. Y, siempre según el arquitecto, poeta e historiador del arte José Pijoán, consultando manuales de finales del siglo XIX y principios del XX que mantuvo contacto personal con especialistas en cultura islámica de toda Europa y Estados Unidos, los castillos omeyas del desierto, al menos los que se mantienen en pie, no pudieron ser ni centros agrícolas ni palacios destinados a la recepción administrativa. El autor duda de las dimensiones de ciertos palacios, tan reducidas que sólo podían disfrutarlas los califas y pocos acompañantes.

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Qusayr Amra © Daniel Case

Asimismo se mantiene que no era posible vivir durante todo el año en el lugar pues, ¿cómo se hacían con el agua estando esas zonas secas todo el año? Por todo esto se mantiene una función distinta: la del estudio de la vida, la de la contemplación, la del descanso. Y, sinceramente, sin conjeturas, no se puede dudar que en estos palacios destacan las estancias destinadas a baños y a pinturas, salas completamente decoradas con frescos, frescos que muestras figuras abstractas y vegetales sí, pero también de caza, de animales y, lo más curioso, vemos formas humanas. Los castillos omeyas del desierto no son convencionales.

El Palacio de Mshatta

Construido posiblemente bajo el califato de al-Walid entre los años 743-744, Mshatta, del siglo VIII, y que se encuentra en Amman, Jordania, quedó inacabado por la caída de la dinastía Omeya. Destaca la decoración de su fachada meridional, que se encuentra expuesta en el Pergamonmuseum de Berlín, a base de molduras de grandes dimensiones y que muestran cerca de veintiocho triángulos en piedra tallada.

Mshatta, Fachada © Matthias Kabel

Mshatta, Fachada © Matthias Kabel

Son en estos triángulos donde vemos, en sus centros, rosetones hexalobulados en altorrelieve y decoración de carácter vegetal y animal en bajorrelieve, es decir, que acompañando al símbolo de lo circular y eterno vemos animales fantásticos y alados (centauros y esfinges) bebiendo de cántaros rodeados de acantos y piñas entre otros frutos. Una vez más encontramos en el arte islámico, en el palacio de Mshatta en este caso, no sólo referencias romano-bizantinas en su arquitectura sino que tambiénencontramos fusión con lo helenístico e iranio en sus artes decorativas. Y es que la diversidad de los motivos vegetales en el arte decorativo de los Omeyas, cultura mediterránea, cultura sasánida (Persia) o culturas del Asia Central, son una consecuencia de la expansión del imperio islámico.

Mshatta, detalle de la fachada, © Sailko

Mshatta, detalle de la fachada, © Sailko

Qusayr Amra (El castillo rojo del desierto)

Al igual que el palacio de Mshatta, se encuentra en Amman, Jordania, y también data del siglo VIII, el siglo de los primeros Omeyas. Qusayr Amra fue mandado construir por al-Walid entre los años 711-715, destacando sus pequeñas proporciones cubiertas por bóvedas de cañón, sus baños y sus frescos. Si nos adentrásemos en él nos encontraríamos con la denominada sala de audiencias al estilo basilical y su ábside de planta central entre dos pequeñas estancias. Es el Hammam, es decir, los baños árabes, lo que ocupa el resto de las dependencias.

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Qusayr Amra, Jordania, © Zairon

Estos baños siguen el esquema de las termas romanas por lo que veremos los vestuarios (apodyterium), la sala de agua fría (frigidarium), la sala de agua tibia (tepidarium), la sala de agua caliente (caldarium) más la calefacción subterránea (hypocastium).

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Frescos astrológicos de la cúpula del Caldarium, Qusayr Amra. © Bjorgen

Y, junto a lo técnico vemos lo artístico, es decir, en las cúpulas y bóvedas de estos Hammam se muestran aberturas en forma de estrella, siendo los astros los que regulan la intensidad del calor. Pero no termina aquí lo artístico del castillo rojo pues en el interior destacan sus frescos. Son frescos alegóricos, con escenas típicas del día a día en la vida de los omeyas, y aunque estén poco conservados todavía muestran figuras con los contornos bien definidos.

Frescos, Qusayr Amra © Bjorgen

Frescos, Qusayr Amra © Bjorgen

Pueden ser de factura griega, así parece demostrarlo inscripciones como NIKH, que se traduce como niké (Victoria en lengua griega), y es que la inscripción griega, junto siempre de la árabe, se encuentra en la sala de las audiencias, donde se representa a un califa, entronizado, rodeado de seis personajes. Cuatro de ellos se identifican, por las inscripciones, con los monarcas de Bizancio, de Persia, de Etiopía y de la Hispania Visigoda (Don Rodrigo). Los dos restantes, posiblemente, sean los emperadores de China e India (quizás Turquía). Y, mas que una convención, una cumbre como hoy día, se entiende como un sometimiento al califa omeya, de ahí la inscripción griega Niké.

Fresco de los seis reyes, Qusayr Amra © Riccardo Auci

Fresco de los seis reyes, Qusayr Amra © Riccardo Auci

El resto de las pinturas responden a ejercicios gimnásticos, cacería, bañosactividades artesanales. También vemos escenas astrológicas, como la representación de los signos del zodíaco en la cúpula del Caldarium. Aunque lo más interesante son las representaciones de cuerpos femeninos semidesnudos. A estas mujeres las vemos representadas con el torso al aire, danzando, bañándose y enjoyadas, pudiendo simbolizar la característica suntuosidad de los dignatarios musulmanes pero también pueden poner de manifiesto la legendaria rebelión de los omeyas.

Mujer en los baños, Qusayr Amra © Vibert-Guigue

Mujer en los baños, Qusayr Amra © Vibert-Guigue

Conclusión

No parece pues que Mahoma prohibiese la representación de figuras de hombres, mujeres o animales, sino que tuvieron que ser los Hadiths, es decir, los transmisores orales del profeta, también definido como la tradición oral, durante los siglos VIII y IX. Qusayr Amra es uno de los castillos omeyas del desierto que se entiende como un posible centro de relajación y estudio, aunque ciertos expertos en arte islámico lo relacionen directamente con un burdel apartado de todo en mitad del desierto.

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Frescos, Qusayr Amra © David Bjorgen

El Palacio de Hisham (Jirbat al-Mafyar)

No se encuentra en Jordania sino a cinco kilómetros de la ciudad de Jericó, en Cisjordania, y sorprende por su tamaño y por sus mosaicos y esculturas. Este monumento, con nombre traducido del árabe como “el lugar donde el agua brota de la tierra”, son en realidad tres zonas independientes: castillo, mezquita y por supuesto, los baños, el Hammam. Todo además unido por un enorme patio porticado.

Palacio de Hisham, ruinas. © Sobkowski

Palacio de Hisham, ruinas. © Sobkowski

El castillo muestra planta cuadrangular flanqueado por torres semicirculares y un patio con pórticos que se encarga de distribuir las estancias. La estancia que destaca es la enorme sala termal de planta cuadrada repleta de columnas y pilares (16) distribuidos en cinco naves más otros tantos intercolumnios. Su parte central se encuentra cubierta por una cúpula que hace de distribuidora de las restantes habitaciones, todas ellas abovedadas.

Palacio de Hisham, ruinas. © Deror

Palacio de Hisham, ruinas. © Deror

Decoración

En el Palacio de Hisham, por otra parte, cobran interés sus mosaicos y sus esculturas de figuración femenina, además de rosetones en forma de celosía. Decoración que como en Qusayr Amra, en Jirbat al-Mafyar también vemos en la sala de audiencias el fresco mural de la figura de un califa entronizado. Es un ejemplo magnífico, y no sólo por lo artístico en sí sino por el vestigio legado, por su existencia en más de un ejemplo, es decir, que confirma que este tipo de representaciones (figurativa del ser humano) no sólo se daba en las monedas, que con el tiempo se cambiaron por textos coránicos, lo que implica, por fuerza, que desde un principio Mahoma no prohíbe las figuraciones humanas, sino que fueron por orden de la Hadith, por los transmisores orales durante bien entrado el siglo VIII.

Mosaico Árbol de la vida © Tamar Hayardeni

Mosaico Árbol de la vida © Tamar Hayardeni

Y, si en Qusayr Amra se ha comentado la pintura al fresco y en Mshatta los relieves, en Jirbat a-Mafyar tenemos que mencionar al menos un ejemplo de sus restos escultóricos. Así tenemos la conocida escultura Mujer con un cesto de frutas, en la que vemos a una mujer corpulenta, con el torso desnudo y falda larga, portando el dicho cesto. Destacan en ella tanto sus rasgos faciales como su peinado, pintados, que hacen resaltar más sus ojos, su mirada. A simple vista podríamos decir que recuerdan a las antiguas esculturas votivas de Mesopotamia, con formas cúbicas y ojos almendrados, de mirada más que profunda, como de revelación, pero esta escultura muestra facciones y expresiones más humanas, más cercanas.

Mujer con cesto de frutas, palacio de Jirbat al-Mafyar © Deror

Mujer con cesto de frutas, palacio de Jirbat al-Mafyar © Deror

Bibliografía Consultada

(2011) GONZÁLEZ VICARIO, M.T. El Arte Islámico: Origen y Expansión. Editorial Universitaria Ramón Areces, Madrid.

(1996) YARZA LUACES, J./BORRÁS GUALIS, G. El Arte de los Omeyas. Espasa-Calpe, S.A., Madrid.

(1954) PIJOÁN, J. Volumen XII. Enciclopedia Summa Artis. El Arte Islámico. Espasa-Calpe, S.A., Madrid.

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